
Según cruzamos el portal generado en los baldíos por uno de los caballeros, aparecimos en el Bastión de Acherus ante Mograine. Entre nuestro superior y la fila de caballeros alineados se encontraban grupos de bolsas tan perfectamente colocadas como nosotros.
Cada grupo tenía un pequeño pergamino enrollado en una de sus asas, del cual colgaba una cinta azulada de un extraño material brillante adornado con runas por doquier.
Mientras nos hallábamos arrodillados ante Mograine en señal de respeto, pude observar en la cinta de la bolsa que tenía delante, como aquellas runas danzaban hasta formar un nombre en thalassiano: Lady Lith Varenna, orden de Acherus.
Mograine carraspeó ligeramente y alcé la vista hacia mi señor.
A un gesto suyo, cambiamos de posición y nos pusimos firmes.
- Bien, caballeros – comenzó – he recibido noticias de vuestros nuevos superiores, regentes de Orgrimmar y Ventormenta respectivamente. Habéis hecho un buen trabajo hasta el momento, firmes y sin dudar de las órdenes que habíais de cumplir. Os felicito.
- Delante de cada uno de vosotros se hallan vuestros enseres personales recogidos hasta el momento, además de instrucciones precisas que os ayudaran en esta cruzada contra la legión ardiente. Saldréis hacia el portal oscuro al anochecer.
Mograine realizó un saludo de corte militar antes de girar sobre sus talones y desaparecer entre las sombras del bastión.
Uno de los huesudos sirvientes, por llamarlos de algún modo, se acercó a nosotros instándonos a recoger nuestras pertenencias.
- Caballeros, podréis descansar antes de partir si así lo deseáis. Atravesad el portal que se encuentra al fondo de la estancia – sugirió señalando con un pequeño hueso ligeramente astillado que sostenía con firmeza – y hallareis una posada donde pasar el tiempo restante hasta el inicio de vuestro viaje.
Tras una reverencia que hizo crujir toda su osamenta, se retiró de nuestra vista. No hubo sonido alguno mientras recogíamos el equipaje, más que el entrechocar de las pesadas armaduras que protegían nuestros cuerpos. Dada la extraña situación de cada uno, no había lugar más que para pensamientos y divagaciones, no existían amistades más allá del compañerismo del campo de batalla.
Con las bolsas repartidas entre mis manos y la espalda, me dirigí pensativa y en silencio hacia el portal sin mirar hacia atrás. Tras atravesarlo me encontré en una posada que hacia gala del mismo silencio sepulcral que había dejado a mis espaldas hacía pocos segundos. Su decoración era escasa y tosca a la par que esperpéntica. Una barra de madera reseca y con indicios de putrefacción contrastaba con la variedad de sillas y mesas que allí se encontraban sobre alfombras raídas y descoloridas. A juzgar por lo que mis ojos podían contemplar de la estancia, el mobiliario habría sido fruto de los saqueos tras las batallas con la cruzada escarlata.
Seguí pasando la vista por la posada hasta que mis ojos dieron con un rincón de cierta iluminación y aspecto solitario.
La mesa de madera estaba ligeramente envejecida pero conservaba algún que otro trazo de pintura dorada y roja. La silla por su parte, tenía el aspecto de haber pertenecido a algún sin dorei, pues además de su confortabilidad era una de las más lujosas del lugar.
Una renegada se aproximó a mi mesa cerveza en mano y la dejó sobre la misma sin tan siquiera mirar o pronunciar palabra a quien en ese momento se hallaba delante suya. En otra ocasión quizás me hubiese parecido sospechoso o molesto incluso; la poca hospitalidad y el escaso ruido que allí se escuchaba a pesar de ser una taberna pondría sobre aviso a cualquiera. Por el contrario y lejos de la normalidad, en aquellos momentos resultaba reconfortante.
Recogí el pergamino que adornaba mi bolsa con aquella cinta azulada y me dispuse a desenrollarlo sin éxito. Era como si el propio pergamino estuviese dotado de vida y fuese a elegir por sí mismo el momento adecuado de apertura.
Tras el frustrado intento de abrir algo tan simple como un pergamino, decidí que mi equipaje sería abierto una vez me estableciese en el nuevo mundo, por si acaso.
Cogí la jarra de cerveza y di un trago. Era demasiado amarga además de estar caliente y emanar un olor que no resultaba demasiado agradable. De todos modos, seguro que era mejor de lo que cabía esperar de un sitio recién asediado…
Tras unos minutos, comencé a sentir demasiada inquietud, por lo que decidí abandonar aquel lugar. Empezaba a dolerme la cabeza y no tenía la menor idea de a que se debía: frustración por el maldito pergamino, a la porquería que me habían servido por cerveza, el ambiente…o bien de todo un poco.
La puerta…no existía, solamente un marco rodeado de un halo rosado y dorado que cambiaba de color, es decir, un tele transporte.
En lugar de aparecer de nuevo en el bastión, para mi sorpresa, aparecí en la posada de “Rocal”, el lugar de destino antes de comenzar mi nueva misión.
Al salir del edificio pude comprobar cómo no era la única de los caballeros que allí se encontraba. De un rápido vistazo saqué la conclusión que me temía: un lugar desagradable, aunque no tanto como la posada del bastión: un pantano con demasiada humedad y rodeado de molestas alimañas.
- Caballeros, compañeros – comenzó a decir uno de ellos subido ya a su corcel – falta poco para el anochecer y por ende para nuestra partida. Revisad vuestro equipaje y si lo consideráis oportuno, tomad algunas provisiones de la posada, tardaremos algunas horas o un día quizás en llegar hasta el portal oscuro. Sed precavidos, caballeros, no sabemos a qué podríamos tener que enfrentarnos.
Con un leve saludo y asentimiento, muchos de los caballeros comenzaron a movilizarse con los últimos detalles de la partida.
En pocos minutos, otro de los caballeros hizo sonar un cuerno con intención de formar al resto. Tomamos nuestros corceles y nos posicionamos en perfecto orden y simetría.
- Por la horda! – gritó con fuerza uno de ellos
- Por la horda!- coreamos el resto
Al nuevo sonido del cuerno, partimos al galope en dirección a las tierras devastadas.



